Bruno, el tiburón ballena

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“No se puede esperar gran cosa de mí”, era lo que siempre pensaba Bruno.

Miraba por la ventana del salón de clases. El vaho de su respiración empañaba su vista y pensaba, de vez en cuando, que el cuerpo actúa a lo que la mente quiere, pues estaba harto de ver a todos los demás animalitos jugar mientras él no tenía con quién. No podía apartar la vista de ahí, pero por alguna razón, su respiración se encargaba de enturbiar el panorama y, así, ya no sufría tanto.

¿Con quién iba a juntarse? No podía ser amigo de los tiburones porque no era un tiburón, no podía ser amigo de las ballenas porque no era una ballena, y no podía ser amigo de las demás criaturas porque todos le temían.

Ah, sí, porque para estudiar la secundaria, Bruno no sólo era más grande que sus demás compañeros, sino que era más grande que la mayoría de sus maestros. Por poquito y era más grande que su salón de clases y, estaba seguro, si no dejaba de crecer, iba a ponerse más grande que la mismísima escuela.

Bruno era un tiburón ballena de casi cuatro metros de largo.

– ¡Qué estupidez! –exclamó Bruno en voz alta–, mira que no poder ser ni tiburón ni ballena, no, tuve que ser un tiburón y una ballena al mismo tiempo. No sólo tengo que preocuparme por esta estúpida adolescencia, por la búsqueda de identidad y por el grano que me salió ayer en el trasero, sino que nunca sabré qué clase de especie soy. Y, encima de todo, he empezado a hablar solo. Qué lío…

Bruno le había preguntado, cuando niño, unas setecientas veces a su mamá, una ballena azul, qué demonios era él. Pero las respuestas nunca fueron satisfactorias:

–¡No maldigas! –le gritaba mientras le daba un aletazo en la trompa–, eres mi hijo y con eso basta.

También se lo preguntó a su papá, un tiburón blanco tan apuesto que su esposa ballena tuvo que amenazar a varas criaturas con dejar de alimentarse de plancton para empezar a comer pececita resbalosa a las brasas, pero las respuestas de éste eran aun más pobres que las de su madre:

–No lo sé, Bruno, pregúntale a tu madre.

Y así, con el paso del tiempo, Bruno dejó de preguntar y se dedicó a investigar, esperando ser él mismo quien descubriera el gran enigma que suponía su especie. Pero no obtuvo mayor resultado que dolores de cabeza y el pésimo hábito de no hacer amigos, pues pasaba horas enteras en la biblioteca. Por eso, ahora a sus quince años, no sólo no tenía amigos, sino que hablaba solo.

Ese día, después de que las clases terminaran y la escuela se vaciara, Bruno fue a la biblioteca a ver qué podía averiguar, sin mucha esperanza.

La Señorita Bog, una pulpo, acomodaba ocho libros a la vez en ocho diferentes estantes mientras tarareaba “En el mar, la vida es más sabrosa”, cuando escuchó a Bruno entrar.

–¿Qué tal, Bruno? ¿Qué vienes a leer hoy? –le preguntó al tiburón ballena que se ponía más gordo cada día.

–Lo mismo de siempre, Señorita Bog –contestó Bruno mientras se arrastraba por la puerta, pues su tamaño ya no le permitía entrar completamente de pie. Vaya, de cola, pues.

Pero, por supuesto, como queremos que este cuento dure más tiempo y necesitamos que las cosas se le compliquen a Bruno hasta la desesperación, el pobrezote tiburón ballena no encontró nada.

Bruno creció y se convirtió, después de una solitaria educación en la Universidad Marina de las Olas Revolcantes y Saladas, en gerente de bancos de plancton y sardinas.

La mayoría de los animales lo respetaban por su gran tamaño, se sentían intimidados y algunos hasta asustados, pero Bruno era completamente indiferente a esto pues, según él, todos se alejaban porque no era ni tiburón, ni ballena, sino un gordote tiburón ballena.

Aunque, como en todos los cuentos bonitos que han existido y alguna vez existirán, necesitamos un pequeña dosis de amor, así que trabajaba también en el banco una sensual delfín llamada Molly. Ella era tan bonita, tan simpática y tan adorable, que jamás vio a Bruno con miedo. Al contrario, sentía curiosidad sobre por qué ese animal tan apuesto, tan rááááááápido, tan ENOOOOOORME, siempre estaba solito, y se preguntaba si sería tan valiente para acercársele y hacerse su amiga y, quién sabe, su novia, su esposa, la madre de sus tiburoncitos ballenitas…

Lo que sucede con el destino y con el curso del tiempo es que las cosas siempre pasan cuando uno menos las espera, como menos las espera y sin siquiera ser esperadas.

–¡Maremoto, alerta de maremoto! –gritó un pez martillo desde una de las cajas del banco–. ¡Maremoto, se viene un maremoto, todo mundo bajo arena!

Y empezó el caos. Peces, crustáceos, moluscos y microorganismos nadaron, se deslizaron lo más rápido que pudieron buscando un refugio dónde esconderse, todos menos Molly, que estaba petrificada pues, su madre, y la madre de su madre, y la madre de la madre de su madre habían muerto en un maremoto.

–Me llegó la hora –susurró sin moverse–, voy a morir como lo hizo mi madre y su madre antes que ella y su madre antes que ellas, voy a morir en un maremoto porque es tradición, voy a morir y nunca podré hablar con Bruno, nunca podré decirle que pienso que tiene los músculos más bonitos que Pezarnold Swascheneggerpez, moriré sin ver a mis pequeños tiburoncitos ballenitas crecer, ¿¡qué digo crecer?! ¡NO LOS VERÉ NACER, NI SIQUIERA LOS VOY A CONCEBIR!

Pobre Molly, estaba aterrada y la pobre ya no balbuceaba, sino que gritaba despavorida en la entrada del banco sin saber qué hacer más que aullar y berrear por su maldita suerte.

Bruno, que tampoco había nadado a refugiarse, iba –como siempre–hablando solo.

–¿Para qué intento esconderme? Seguramente no habría ningún refugio lo suficientemente grande para que mi tremendo ser pueda entrar, es más, el maremoto ni siquiera va a poder moverme…

En eso iba cuando escuchó unos gritos hacia la salida del banco.

–¡MIS HIJOS! ¡AAAAAY, MIS HIJOS!

Nadó pensando que, tal vez, los niños de algún trabajador se habían quedado atrapados y no podían salir, y decidió ayudarlos pues, una cosa era saber que él no podía esconderse y otra era dejar que unos bebés no pudieran salvarse.

Vio a una delfín en la puerta, moviendo sus aletas con desesperación pero sin moverse, como si fuera incapaz de nadar, mientras berreaba “¡SALVEN A MIS HIJOS!” con su trompa apuntando al cielo. Bruno, entendiendo que los hijos de esa pobre y bonita y delgadita delfín estaban en peligro, se acercó a ella dispuesto a socorrerla.

–Señora, señora, cálmese, dígame dónde están sus hijos y yo mismo los sacaré de ahí y le ayudaré a esconderse.

La delfín, en cuanto escuchó la voz tan varonil de Bruno, se petrificó. “Qué vocezota”, pensó. Y entendió, la pobrecita Molly, que también eran los hijos de Bruno, esos que aún no existían, los que estaban en peligro.

–¡Lo-lo siento tan-tanto…! ¡Tus hijos, Bruno, TUS HIJOS! –Y comenzó a gritar otra vez.

Bruno, seguro de que jamás en su vida había tenido hijos, puesto que ni siquiera había tenido novia o, vaya, amigas, trató de pedirle que no se preocupara, pues no había ningún niño en todo el océano que fuera suyo. Pero en ese momento el maremoto llegó.

El banco se sacudió y las puertas comenzaron a tronar. Crack, crack, crack, y la pobre Molly miró a Bruno, tan asustada como estaba, y pensó, con un poquito de felicidad, que morir viendo esa cara de macho con algas crecidas de tres días en su barbilla era una forma bonita de morir. Pero Bruno, ni enterado del enamoramiento de la pobre Molly, la cubrió con su cuerpo y rezó para que su cuerpo gigante de tiburón ballena fuera capaz de salvarla, de protegerla y de dejar que viviera para que sus hijos no se quedaran huerfanitos, si es que no estaban muertos ya.

Después de unos angustiosos segundos, el maremoto se detuvo y, gracias a Poseidón, no fue tan fuerte como ese estúpido pez martillo les hizo creer a todos.

–¿Está bien? –preguntó Bruno mientras se ponía de cola y ayudaba a la delfín a levantarse.

Ay, Molly.

Tuvo dieciocho punto treinta y tres segundos a Bruno abrazándola en el suelo. No. No estaba bien.

Bruno la miró preocupado, pues parecía que la delfín estaba en shock, con la mirada perdida y su trompa abierta en una graciosa “O”.

–Estoy… –comenzó a decir Molly con la voz tan rasposa que Bruno se preguntó si no había ingerido arena por todo el desastre–, estoy… ¡DE MARAVILLA!

Y lo abrazó. Bueno, lo aletazó porque, ya saben, los delfines no tienen brazos. Era la primera vez que una mujer, que no fuera su madre, siquiera lo tocaba. Bruno estaba EN-LAS-O-LAS.

La delfín olía un poco a coral, a sal y a plancton asado. Delicioso.

Y ni para qué contarles, Bruno se enamoró de Molly, quien ya estaba hasta las playas por Bruno y, una noche, mientras veían acostados las bases de los barcos pasar, Bruno le contó todo sobre sus investigaciones. Sobre su desespero de no ser ni tiburón ni ballena, sobre su soledad y sobre lo triste que era hablar solo.

–Entiendo todo y, si deseas, yo misma te ayudaré a buscar respuestas, pero ¿por qué es tan importante saber qué eres? –le preguntó Molly. Bruno se encogió de aleta y suspiró, apesadumbrado.

Molly, decidida a nunca dejar que Bruno estuviera triste, lo encaró y le dio un besito de trompita antes de ponerse de cola y mirarlo con decisión y decirle las palabras que Bruno había anhelado escuchar toda su vida:

–Yo sé qué es lo que eres. Eres Bruno, el animal más hermoso, inteligente, bondadoso, cariñoso, humilde y honesto que he conocido. Te he visto por años perseguir el plancton y eres más veloz que todos los demás, eres fuerte, apuesto y grande. Eres Bruno, no importa si eres un tiburón o una ballena, eres algo único y especial que no necesita etiquetas para convertirse en el grandioso pez que sé que eres. Pero, por encima de todo, eres mío, Bruno, mío.

Entonces Bruno, recordando la enfermiza posesión de su madre con ese “eres mi hijo y nada más importa”, decidió que Molly no era para él y la dejó para siempre.

FIN.

 

 

Canoa: el linchamiento social

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La película comienza colocándonos en un contexto: la gente no bebe agua, sino pulque, comen carne una vez a la semana, y eso, cuando se puede. La educación es precaria; no hay escuelas para todos y las que hay tienen terribles condiciones. El clima, un tanto extremista los tiene en una danza agresiva que va del calor insoportable a la lluvia aplastante. La gente se divide en dos: un grupo idolatra al cura del pueblo, mientras que el otro grupo se cuestiona si es tan bueno como los demás presumen.

La opinión pública es inevitable, parece hasta un fenómeno de carácter completamente natural; un acontecimiento generará distintas posturas, cada cual se acercará a la que es compatible hasta que se segmenten en grupos, justo como en la película.

Pero qué problema, cuando la opinión pública surge de criterios tan pobres como el de personas así (personas que abundan en México), personas que no tienen ningún tipo de educación, es decir, no cuentan con estudios formales ni con la formación de casa, ni siquiera con la formación de su sociedad, pues dentro de su ignorancia, es un pueblo deformado.

Esta opinión pública es peligrosa y dañina. No podemos frenarla porque, como dije, es un fenómeno natural, habría que insertar criterios más firmes en todos ellos, criterios que no estuvieran basados en su totalidad en la religión, ni en el hambre, ni en la ignorancia.

El cura, al que señalo como autor intelectual del crimen, tenía muy claro cómo manipular a su pueblo, qué palabras, que lenguaje utilizar para que ellos tuvieran la certeza de que estaban en peligro, porque él, a diferencia del pueblo, no era ningún estúpido, entendía las comodidades económicas con las que contaba mientras su gente siguiera confiando ciegamente en él, porque él sí comía. Porque él, más que sobrevivir como los demás, vivía.

He ahí otro punto importante sobre el peligro de la opinión pública: ¿quién la provoca? Es decir, la opinión pública siempre nace de la sociedad, pero existe un acontecimiento que la detona. Si a este cura le damos el rostro de un medo de comunicación, digamos, alineado a algún partido en específico, podemos concluir también que una mayoría que confíe en ese medio y que, desgraciadamente, sea el único al que le preste atención, terminaría siendo como aquellas mujeres católicas que defendían a diestra y siniestra al cura y, cuya opinión pública era absurda, sin fundamentos y completamente manipulada.

Aun así, concluyo que todos, incluso los más aferrados y ciegos, tienen en el fondo de su psique el hartazgo, la ira, la frustración y la rabia acumulados. Cuando uno de los linchadores se queda golpeando con un palo hasta el cansancio a uno de los linchados, no parece que descargue ahí sus miedos de que alguien llegara al pueblo y destruyera a su cura, más bien parece descargar otros sentimientos que no habría podido sacar de otra forma, que no se habría atrevido, porque, al final, el ser humano por naturaleza también cuestiona, el problema es cuando éste cree que cuestionar es algo malo y solito se reprende.

La libertad de expresión, ligada íntimamente a la opinión pública, únicamente debería de ser posible si también existiera la libertad de conocimiento, la libertad de pensamiento.

Fecha de estreno: 4 de marzo de 1976 (México)

La Educación en México

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Ni siquiera partiendo del hecho de que el problema recae en varios sectores, podríamos negar que el mayor responsable en cuanto a la educación en México se refiere, es el Estado, pues es en este punto donde todo el ciclo comienza y termina.

Una y otra vez.

Parece el pan nuestro de cada día: “el Estado no quiere que estudies porque le conviene que seas ignorante”, pero no sólo es eso. La corrupción no comienza desde el SNTE, sería un optimismo que rayaría en el idealismo que la corrupción que permite el robo de la inversión en materia educativa no comienza desde mucho más arriba, como si cada parte del sistema se tomara una rebanadita del pastel, hasta que al alumno no le queda más que el plato y se conforma con unas cuantas lamiditas.

Pero tampoco es el meollo del asunto; ¿a quién se puede culpar sobre el rezago educativo? Si éste es culpa del maestro en el aula, ¿de quién es la culpa en las calles? Niños cerillito del súper, “viene, viene”, limpiando parabrisas e, incluso, moneándose, y eso en el mejor de los casos, porque algunos se unen al narco y a la corta edad de 15 años ya están ganándose la vida cometiendo asesinatos.

Por supuesto, parte de este problema recae en la familia.

Ser pobre y tener hijos ha empezado a parecer más un modelo económico que una simple “falta de planificación” o “ignorancia”, pues entre más hijos tengas, más dinero entrará a ese hogar, sin tener en cuenta que también serán más bocas que alimentar.

En Algún momento, Denisse Dresser ha hecho comentario muy curioso: se educa a los alumnos, pero nadie educa a los padres. El problema es que estos padres también pasaron, si bien les fue, por ese proceso casi ridículo que en México se le conoce como educación. Y ni siquiera la mayoría, porque gran parte de estos padres crecieron sin pisar una escuela, igualmente trabajando para sus padres.

¿Cómo se exige a un padre que exija a su vez la educación para sus hijos si éstos ni siquiera la conocen?

El alumno tiene cierta responsabilidad, aunque es en realidad la gran víctima. Los estudiantes. Los que lamen el plato del pastel sin saber que, en realidad, el pastel entero era para ellos, pero ya se lo comieron diferentes intereses.

Los que, gracias a las deficiencias de los maestros, del gobierno, de los sindicatos, e incluso de sus propios padres, se sienten increíblemente cómodos teniendo una educación mediocre. No hay nada que los incentive, ni siquiera una promesa de una mejor vida, pues no sólo no conocen algo al respecto, sino que ven al país y lo comprenden: NO ES CIERTO.

Los sindicatos. los maestros.

La mafia, por llamarlo de alguna forma, pues lo que probablemente en un principio buscaba los derechos como trabajador del maestro, porque vamos, ser maestro no te vuelve mártir y siendo un trabajador mereces derechos, ahora se encarga de destruir desde un extremo la educación. Ya sea robando, ya sea despreocupándose de los estándares y exigencias con las que deberían cumplir sus trabajadores. El sindicato de Trabajadores por la Educación se volvió una alcancía de ahorros que ni siquiera a sus propios miembros beneficia, pues sólo una mínima parte encuentra las retribuciones de lo que seguramente son miles de millones de dólares. Los más pobres, es decir, los maestros, se conforman con su sueldo mensual y su plaza.

La línea del papel de los maestros parece tan borrosa que es difícil encontrar el problema. Parece sencillo llamarlos flojos, y aunque seguramente muchos lo son, también es una forma sencilla de deslindarse de muchos problemas que se han causado de mucho tiempo atrás.

Incluso el maestro que se presenta a dar clases, ¿en qué condiciones lo hace? ¿Con qué tipo de alumnos? ¿Con qué tipo de autoridad corrupta se enfrenta a diario en su escuela? El hambre de sus estudiantes, incluso su propia hambre, su propia desesperanza ante un sistema que no sólo no mejora, sino que empeora de manera exponencial.

La educación en México no sólo no es pública, ciertamente el rezago educativo no se limita a los niños de la calle, sino que nos encontramos de la forma más triste con estudiantes en universidades privadas que están atorados en el analfabetismo funcional, el mismo que vive un niño en una escuela pública a la edad de doce años.

Pareciera que, al final, la desigualdad social y económica vuelve a ser el principal problema, una desigualdad que nace y a la vez alimenta a la corrupción, al abuso del poder, a la indiferencia y a la poca credibilidad.

El Síndrome de Habermas de Blanca Solares

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Habermas pensaba que era importante cambiar el estudio de las ideologías, puesto que, con el tiempo, las personas y sus contextos también cambiaban, por lo que detenerse en cuanto a la racionalización social es insuficiente. El dominio de la ciencia es importante, pero no bastante. La ciencia en sí no puede estudiar el estudio mismo de la ciencia.

En cuanto al análisis de las mismas ideologías, se piensa también que la política difícilmente puede ir ligada a lo moral, pues no importa si se trata de un partido fascista o uno socialista: ese se ve enteramente afectado por el individualismo, pues el ser humano es por naturaleza codicioso.

Dentro de esta misma naturaleza también se encuentra nuestra capacidad de crear, entender, transformar y conceptualizar el lenguaje. Es el lenguaje lo que nos diferencia de otras especies y es lo lingüístico todo lo que nos ayuda a transformarnos como sociedad, incluso a construirla. Si no hay una comunicación de por medio, el estudio de la sociedad de Habermas no tiene sentido.

A este cambio mediante el diálogo se le conoce como dialéctica.

El arte, los mitos, las leyendas, la religión, son formas del lenguaje mucho más elevados que ya no sólo hablan de cambio y comunicación, sino que le dan sentido al hombre. El arte es el nivel más elevado de lenguaje y de comprensión, por lo que su estudio denota al más alto análisis de la sociedad. Lo mismo pasa con la religión, dado que ésta surgió como método infalible para que el hombre comenzara a solucionar sus dudas, y no sólo eso; la religión da como consecuencia, inevitablemente, el hermoso acto del cuestionamiento. El pensamiento crítico es otra de las formas más elevadas de conocimiento.

Pero antes que el arte o el lenguaje, hay un motor básico y primitivo por el que el hombre se ha guiado desde que existe sobre La Tierra, y éste es la sobrevivencia. Naturalmente, esta sobrevivencia busca la reproducción de su especie, por ende, el necesario desarrollo de la comunicación cognitiva.

Mientras que el proceso evolutivo respecto al genotipo y fenotipo del hombre son cuestiones de adaptación, la evolución social es meramente racional.

El sujeto tiene opiniones meramente subjetivas, que a su vez se formaron de las opiniones de otras personas con las que se relaciona. Incluso la objetividad es un conjunto de muchísimas subjetividades, lo que se entiende como que, para que exista el proceso de individuación, forzosamente debe ocurrir primero la socialización.

Cualquier sociedad, también, necesita de un sistema en el cual descansar.

Estos sistemas son otro nivel de evolución social, donde Habermas decide abandonar al sujeto como objeto de estudio o lo lleva más allá, a un todo más grande y complejo. La intersubjetividad.

Para Habermas, hay dos tipos de comunicación en un sistema: la orientada al entendimiento y la orientada al éxito.

Ésta última, también conocida como “la racionalidad de acuerdo a fines”, significa una manipulación o estrategia, mas no necesariamente una coerción social. Se trata de esperar el cumplimiento de ciertas normas o la realización de ciertas acciones.

Esta manipulación se somete, por supuesto, a distintas pruebas, como la opinión pública, el contexto de la sociedad, la dimensión moral (normas pre-establecidas) y la psicología de la audiencia.

Por último, Habermas nos dice que todos estos procesos nos llevan a un momento llamado “mundo de vida”, donde el ser humano se encuentra en una situación de autorreflexión; el pensamiento crítico; el deslinde de lo político y lo religioso; la poca credibilidad en nuestras instituciones; equidad de género, igualdad social, entre otras.

Referencias:

Solares, B. (1997). El Síndrome Habermas. México: UNAM/Miguel Ángel Porrúa.

 

 

Exposición Anish Kapoor

El arte contemporáneo no es lo mío.

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Lo admito, iba predispuesta a no disfrutarlo. Cerrada completamente a esta corriente con la que no he logrado hacer el clic. Pero cuando entré al MUAC, y todo estaba en un agradable silencio, no del silencio aplastante, sino de esa falta de sonido tan pacífica que uno sólo puede encontrar en las exposiciones de arte, me dije a mí misma que tal vez iba a disfrutarlo más de la cuenta, que el arte se manifiesta siempre en formas tan versátiles y complejas y distintas y sorprendentes que, muy posiblemente, Anish Kapoor iba a cambiar mi forma de ver sus obras.

Pero no fue así.

Comenzando por el hecho de que no comprendía muy bien de qué iban las obras; vaya, tal vez me hace falta un bagaje cultural de forma acentuada, pero jamás entendí por qué un montón de plástico sangriento se llama “tres días…”, ¿hacía referencia al periodo femenino? Probablemente lo malinterpreté, ¿pero no es, de hecho, el arte algo completamente subjetivo?

Insisto, no me considero una conocedora del tema y, probablemente, esté equivocada, pero verme deformada en un montón de espejos no me produjo otro sentimiento que no fuera un poco de duda: ¿qué es esto?

No fue hasta que llegué a la sala donde se encuentra: “Al borde del mundo”, esa enorme cúpula roja, donde la exposición despertó algo en mí. Angustia, miedo, inmensidad, curiosidad, admiración. Verme debajo de algo que a simple vista no era tan grande y que, de pronto se volviera infinito, me pareció agobiante al grado de casi hacerme llorar y, aunque no lo disfruté, entiendo que me estremeció y creo que de eso sí se trata el arte, de que te empujen y te tiren al suelo para que te despabilas y comiences a ver qué sucede a tu alrededor.

“Al borde del mundo” me pareció maravilloso incluso en la mala sensación que me regaló; sentí que era devorada por esa masa roja que parecía no tener principio ni fin, justo como todo lo que comenzaba a sentir en el pecho.

Insisto. El arte contemporáneo no es lo mío, pero ahora entiendo que, en todos lados, incluso en los que me rehúso a creer, puedo encontrar algo que me conmueva hasta el llanto. Y gracias por eso.

El Callejón de los Milagros

Fecha de estreno inicial: 1995

DirectorJorge Fons

GuionVicente Leñero

Música compuesta porLucía Álvarez Vázquez

Basada en la novela “El Callejón de los Milagros” de Naguib Mafhuz

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Un guion fantástico.

Aunque el nombre hace una alegoría a la calle donde se desarrolla la historia, pareciera que tiene un significado más profundo.

Historias entrelazadas que se benefician y afectan al mismo tiempo entre sí. Mientras uno sufre, el otro goza; incluso estas situaciones pasan dependiendo una de otra; la chimuela goza del amor mientras su esposo, que también descansa en los beneficios del dinero, no está muy satisfecho con su esposa: su físico deja mucho que desear.

En toda la película, esta situación ocurre constantemente: es sacrificio está presente en las representaciones de dos hechos: el amor y el egoísmo.

Es un callejón de los milagros porque los pequeños momentos de felicidad valen mucho más que esos costales de miseria. Así es la pobreza, así es la tristeza, te deja tan sensible al dolor que cualquier caricia parece un nuevo universo, uno mucho más amable.

El reflejo de México, una vez más, se hace presente en películas mucho más críticas que comerciales, y no es que uno esté peleado con el otro, sino que pareciera que nos olvidamos de las verdaderas dolencias de nuestro país: la miseria, la prostitución, los matrimonios fallidos, la delincuencia, el robo, el clasismo, tener que huir a EE.UU porque con lo que aquí se gana “ya no alcanza”, los sueldos bajos, etc.

 

 

La Pobreza Que Mata

 

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Por comenzar desde algún punto, y vaya que es difícil decidir qué de todo lo mencionado provoca más estremecimiento, más tormenta, más ruido en uno mismo, quiero hacer énfasis en las estadísticas, esos números fríos de los que Habermas y Bordieu ya nos habían advertido: las cantidades le quitan peso al problema, lo vuelven una suma de partes donde no hay una solución, pero no es así; cada número es un Sol, y un Óscar, y un Alberto. Cada número es una mujer desaparecida llamada Alejandra, Luisa, Esther, Rebeca, Beatriz. Cada número es un niño secuestrado que tenía amigos en la escuela y cuyos padres consentían en secreto. Cada número es un hombre acusado injustamente de cometer algún delito, llevado a la cárcel sin que se le hagan valer sus derechos. Cada número nos aleja más y más de la realidad, cada número nos vuelve más indiferentes.

Y es que, en cada cifra, por abismal que sea, por infinita que sea la numeración, se queda a deber dolor, rabia, lástima, pena, ira, frustración, hambre, frío, clasismo. Ningún número podría ser suficiente para describir cada una de las pérdidas que sufre hoy en día la humanidad. Que sufre México.

Por otro lado, de una u otra manera, tenemos que basarnos en números para medir el problema (no el dolor). ¿No nos espanta? ¿No nos aterra, enferma, asquea, avergüenza el número de personas que viven en pobreza extrema? ¿Realmente somos ajenos a eso? ¿Vivimos tan alienados a dicho problema que ya ni siquiera lo comprendemos?

Siguiendo por el camino oscuro que el artículo nos obliga a andar, uno se pregunta, ¿cuántas veces no pasa, no ha pasado, y no pasarán situaciones similares sin que nadie haga nada? Y ya no sólo hablo de uno mismo como sociedad; ¿Dónde está el Estado benefactor que nos prometieron? ¿Quién hace valer los derechos a la vivienda, a la educación, a vivir, de estas personas? ¿Quién es el culpable de que cada día haya más y más pobres en el país?

Primero es nuestra clase media, tan deficiente, tan rota, tan podrida, esta clase media que, mientras se alimenta y estudia, más que aportar a la solución, se une al problema y lo intensifica y lo ignora. Esta clase media —perdón— tan mierda que ha decidido no mirar hacia abajo, a menos que sea para patear al que está en el suelo. Esta clase media inconsciente, ignorante, analfabeta funcional, apática, individualista, vulgar, simplona, malinchista y racista.

Pero más grave, los culpables son nuestros gobernantes, nuestros servidores públicos, que llegan a quitarle al pastel enormes rebanadas mientras al pueblo sólo le dejan el plato para lamer, incluso el plato para lavar.

Pero pocas personas ven esto. Para algunos, esta señora es una asesina, es una cobarde. Basta con leer algunos de los comentarios del artículo para entender lo enajenados que estamos de la mayoría de nuestras dolencias. Incluso hay quien comenta “si hubiera sido un hombre, lo acusarían de animal. #feminazis” y un sinfín de ideas tan absurdas que, una vez más, reitero, nuestra opinión pública deja mucho que desear. Por falta de criterio, porque pertenecen a ese grupo desafortunado que son parte de un círculo vicioso que parece no tener fin, porque la ignorancia es su situación de vida, no su decisión, por muchas razones más, la opinión pública, de nuevo, nos queda a deber. No tenemos la cabeza suficientemente alimentada como para hacerle frente a estos problemas

Y sí, la gente se está muriendo de hambre.

Pareciera que hemos visto esto muchas veces. Niños muriendo de hambre, el desempleo, la desigualdad, y una lágrima brota desde lo más honesto de nuestras almas, nos conmueve, sentimos pena, sentimos dolor, sentimos vergüenza. Sí.

Por cinco minutos.

Porque en este momento, con el espíritu roto, escribo líneas llenas de dolor, y me juro a mí misma que he de hacer algo al respecto, que si el gobierno no funciona, pondré mi granito de arena para que funcione a fuerza, aunque no quiera, que funcione aunque no quiera. Y me comprometo a deslindarme del consumismo que, en parte, hemos dejado nos ciegue y nos enferme.

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Pero no sé qué tanto pueda cumplir mañana, cuando gaste dinero en tonterías mientras alguien, a unos metros de mí, tiene el brazo estirado con la palma hacia arriba, anhelando por una moneda que le alivie el hambre, el frío, la esperanza y la angustia. A diez metros, estaré yo, tomándome un café de $70 y pensaré “pinche gente, que trabajen, yo le daría empleo en mi casa, ¿por qué pone a trabajar a sus hijos? Deberían estar estudiando. Se les hace cómodo pedir limosna”, y caminaré lejos, y seguiré sintiendo pena por Sol, pero no por esa mujer que también tenía hambre y que dejé con la mirada fija en mí, rezando para que me arrepienta, me dé la vuelta, y deposite entre sus dedos una moneda de diez.

Es cierto. Nadie muere de hambre. Lo que mata es la indiferencia.

Referencias

Balderas, Ó. (27 de septiembre de 2016). Vice News. Obtenido de https://news.vice.com/es/article/pobreza-mata-suicidio-madre-mexicana-llevo-hijos

Opinión pública: una ilusión según Bordieu

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Bordieu nos explica por qué cree él que la opinión pública es una ilusión.

Empecemos por las encuestas: ¿cuántas veces no hemos sabido sobre casos de encuestas tendenciosas, o cifras inclinadas, completamente planeadas para arrojar los resultados esperados, sin mantenerse pura en cuanto a lo que sería, si existiera, la opinión pública?

O no vayamos muy lejos, tenemos el reciente caso del INEGI, donde no sólo se limitó a inclinar la balanza en las encuestas, sino que de la forma más descarada y mentirosa alteró las cifras para pintar un panorama “menos pior” del que ya vivimos. Es decir, mintió.

Las encuestas no reflejan, como tal, una opinión pública, según Bordieu, pues éstas existen sin hacerse un estudio de antemano para saber, en primer lugar, si la persona a la que se le cuestiona sabe de qué se le habla y si sabe qué responder, no sólo porque conozca los conceptos, sino porque tenga un criterio formado sobre el tema.

En segundo lugar, pensando que las personas estarían, en un sentido casi utópico, completamente preparadas para responder a una encuesta, dicho cuestionario siempre es tendencioso e inclina los resultados hacia algo previamente esperado, es decir, nuestra opinión no termina reflejada allí, sino que arroja resultados por los que nos encaminaron pregunta tras pregunta.

Además, ¿qué es la opinión pública sino un conjunto de subjetividades que hemos recibido de otras personas? Al final, nuestra opinión está formada por la opinión de otras personas, lo cual, por supuesto, es válido, pero no suficiente, pues no tenemos ese nivel de análisis lo suficientemente elevado para partir de la pureza de un hecho, descifrarlo y legar a nuestras propias conclusiones. Vaya, a veces ni siquiera estamos informados y nos limitamos a escuchar lo que opinan otros y, cual borregos, seguimos una corriente que, no sólo no conocemos, sino que, si lo hiciéramos, probablemente discreparíamos.

Por lo tanto, dice Bordieu, creer que la opinión pública existe es una ilusión, pues ésta en realidad no nos pertenece, sino que se forma en una oligarquía que mediante una estrategia mercadológica casi perfecta nos obligan, sin que nos enteremos, a comprarla. La opinión pública es una ideología que compramos en un envoltorio cerrado, sin garantía, y con mucha seguridad de que nuestro producto venga defectuoso y, aun así, presumimos de él.

Por otro lado, tenemos que las encuestan encierran en cifras problemas que son individuales, situaciones que pierden relevancia pues se pierden en miles de números. Hablar de un cierto porcentaje de pobreza extrema suena terrible, pero las cifras son eufemismos al lado de lo que sería conocer, familia a familia, lo que se sufre en un hogar –si es que tienen– que vive al día o, a veces, ni eso.

Los miles de muertos, de levantados, de desaparecidos pierden mucho peso si simplemente se vuelven eso, números.

Perfume de Violetas: el clasismo en México

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En lo personal, Perfume de violetas” es una de mis películas favoritas mexicanas.

Con un guion que te estremece el alma, esta película refleja a un México que ocurre a la vuelta de la esquina pero que, aun así, nos parece tan ajeno y lejano. Un México que no conocemos, a pesar de que nos afecta.

Probablemente, esta película me hechiza por el hecho de ser tan cruda en su realidad, me conmueve porque entiendo lo afortunados que somos otros seres humanos ante el dolor de algunas personas.

Y este es el cine que importa; el que se desgarra en pantalla para enseñarte algo, no sólo que no conoces, sino que deberías conocer, que es tu deber comprender y sí, tal vez llevarte a la acción y actuar.

El cine que se levanta la falda y te muestra unas piernas heridas, heladas, muertas y aun así, en esa crudeza, hermosas.

El reflejo de la sociedad, incluso de la nuestra, esta que sí conocemos, es evidente en la película, pues hasta en los sectores más bajos existe el clasismo (la mamá odiando a la amiga de su hija y al hermanastro, por su aspecto, porque son más pobres), la crítica a la pésima educación en nuestro país y a la deficiencia como padres que la desigualdad social genera. Por supuesto, cuando se tiene el estómago lleno, la cabeza educada y el cuerpo bien vestido, es más fácil preocuparte y encargarte de los hijos; cuando estas necesidades básicas no están cubiertas, la percepción de la vida cambia, la miseria te quita el poder de amar, al parecer, y sólo te deja con ganas de sobrevivir. Tener hijos se vuelve más un modelo económico que una cuestión de planeación familiar.

Este es el cine mexicano que vale la pena producir, el que vale la pena comprar y divulgar, el que recuerda siempre los sectores menos beneficiados y los muestra como una protesta ante el Estado, ante nosotros como ciudadanía, “mira, te has olvidado de esto, míralo” y nos lo estampan en la cara como una cachetada.

Estreno: 2001
Director: Maryse Sistach
Guion: José Buil

El Lugar Sin Límites de Arturo Ripstein: los paradigmas

 

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Una película atrevida para su época. Incluso hoy en día, en nuestros tiempos, ver una película con temas de esa índole resultaría descarado y ofensivo para los más conservadores aunque, desde mi punto de vista, el tema de la película no gira tanto en torno a la homosexualidad sino a los paradigmas en general y cómo estos pueden incluso romperse cuando una figura con poder adquisitivo así lo permite.

Parece un paradigma común, pero va más allá de la mera discriminación.

Cuando La Manuela (Roberto Cobo) sale por primera vez a bailar de española, recibe un ataque machista tan violento (y aun así, cotidiano) que no estás muy seguro si en realidad lo está disfrutando o no. La Manuela ría a carcajadas y grita mientras varios hombres la desvisten y la arrojan al agua. Parece divertido hasta que ésta se encuentra sola en la habitación, llorando, harta de siempre recibir lo mismo, justo antes de ser seducida por La Japonesa (Lucha Villa).

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Insisto, parece un ataque común, pero no lo es. La película nos dice que hay varios patrones en cuanto a la discriminación en cuanto a preferencias sexuales se refiere: está el que en verdad no soporta a los “maricones”, el que los repudia y no puede tocarlos, mirarlos o hablarles. Ser homosexual está en contra de todo lo que éste ser fundamentalista entiende, no comprende cómo es posible, así que lo detesta.

El segundo es el que tiene miedo: ese homosexual travestido le produce sensaciones que se espera sólo sean producto del cuerpo curvilíneo y carnoso de una mujer, no de un pecho velludo y plano, como lo es el de La Manuela. Así que le odia, porque ser homosexual representa una amenaza a su estabilidad y a su imagen de macho. Pero eso queda de lado cuando acosar sexualmente a dicho homosexual le da el pretexto de tocarlo, aunque sólo sea para humillarlo, porque todos disfrutaban de ese contacto no permitido.

Pero aquí es donde entra ese rompimiento de paradigma: cuando el cabecilla de un grupo, éste puesto por su poder adquisitivo, de protección, político, etc., acepta lo que para otros es inaudito, los demás se sientes más cómodos a no odiar; es decir, mientras el líder no vea con malos ojos una situación vergonzosa, los demás podrán continuar con ella como si nada.

Por eso, frente a Don Alejo (Fernando Soler), cuando éste aplaude a La Manuela, todos se sienten contentos de bailar con ella., pues han recibido el permiso.

Cuando el cuñado del Pancho (Gonzalo Vega) le quita esa imagen de líder al Diputado, pagando las deudas de éste, adquiere el título de líder, así como alguna vez lo había sido Don Alejo, por lo que ahora es su opinión la que más importa, y sí él opina que no debe besarse con maricones, entonces hay que matar a ese maricón, justo como hacen con La Manuela, ese personaje sincero que no vivía de mentiras, como todos a su alrededor.

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Y así funcionan los paradigmas: todo recae en un líder, en el que te protege, en el que te cuida, en el que te brinda alimento, en el que te brinda dinero. Podemos entender esto como el Estado Benefactor: vemos a nuestro gobierno —o veíamos— como un padre que nos abriga, incluso cuando puede hacernos daño, y hacemos y creemos y decimos lo que este líder espera, porque éste es dueño de nuestro dinero, hasta que llegue uno nuevo y nos haga cambiar de idea. El que nos compra con dinero se lleva todo el paquete, pues también compra nuestro pensamiento. O eso se espera.

La ignorancia, impregnada en cada parte de la película, en cada personaje y en cada diálogo, nos recuerda lo mucho que nos falta aún por crecer y evolucionar como sociedad. 1972 parece muy lejano, pero cada una de las ideas ahí plasmadas parecen vigentes y en crecimiento. Pareciera que la pobreza, siempre de la mano de la miseria moral y de la falta de capital intelectual, del hambre, es el denominador común de la mayoría de nuestros problemas como sociedad, pues alimenta cada parte ponzoñosa que infecta sectores y sectores, cada vez con más frecuencia, cada vez en mayor cantidad.

La dialéctica está presente en cada una de estas partes, una disciplina que por antonomasia indica evolución, cambio, pero que en algunos casos es una transformación para mal. Cada que alguien estaba a punto de romper el paradigma, alguien más hacía un cambio que provocaba volver a caer en él, con mayor fuerza y peores consecuencias. Lo que en un inicio fue un brazo torcido de La Manuela, terminó siendo una muerte fría e injusta.

Estreno: 28 de abril de 1978 (México)
Director: Arturo Ripstein
Guion: Arturo Ripstein, José Emilio Pacheco, José Donoso
Basada en la novela “El Lugar Sin Límites” de José Donoso.